Volemos en libertad para habitar el corazón 

Todo comienza cuando nos detenemos a mirar lo vivido.

Cuando reconocemos lo que fue, lo que nos formó, lo que nos trajo hasta aquí.
Somos memoria en movimiento, huella del tiempo, semilla que insiste.


Hay momentos en los que el cuerpo pide aire.
Moverse, explorar, dejarse llevar por la curiosidad.
Salir al encuentro del mundo para aprender desde el trayecto.

Como las golondrinas y las abejas, avanzamos guiadas por un impulso antiguo: descubrir para transformarnos.
Pero ningún viaje está completo sin el regreso.
Volver al corazón es volver al nido.


A la pausa que abriga, al espacio donde el amor se aquieta y se entiende distinto.

Ahí donde el cuidado se vuelve lenguaje y habitarse es un acto consciente.
Entonces algo cambia.

Los movimientos individuales comienzan a escucharse.
Los ritmos se acercan, se reconocen, se sincronizan.
La danza deja de ser solitaria y se convierte en encuentro.

Volemos como parvada.
Una sola intención, múltiples formas de estar.
Cada una con su fuerza, su historia, su latido propio.
Porque el colectivo no borra lo que somos: lo sostiene, lo impulsa y lo eleva hacia algo más grande.